El año que está llegando a su ocaso fue, sin lugar a dudas, el que más incomodó al alperovichismo, acobardado por la incertidumbre. Desde que inició su tercer mandato, a priori el último, el gobernador José Alperovich hubiese querido saltear 2012 del calendario. Tan fastidioso resultó que optó por realizar cinco escapadas en once meses: a Nueva York, a Washington, a Angola, a El Calafate y a la excéntrica Dubai. 
De sopetón, todos los que no se le habían animado en los ocho años anteriores de repente se le vinieron encima. El bettismo, que encontró un hueco y buscó sin sonrojarse aprovecharlo; y el amayismo, que con su tibia manera le generó algunos dolores de cabeza. Ante las ambiciones del entorno de su esposa, el mandatario suele sonreír; pero frente a los fogoneos de la Intendencia, Alperovich frunce el ceño y levanta la voz.

Retrato de familia

Allá por 2003, cuando Alperovich ya era gobernador, le propuso a Julio Miranda completar la lista de diputados nacionales con el por entonces secretario de Turismo, Domingo Amaya. Después lo hizo intendente, cuando al fallecido represor Antonio Bussi la Justicia ya comenzaba a acorralarlo. Precisamente, la imagen de aquel tímido Amaya es la que aún conserva el alperovichismo. Pero la realidad muestra que el intendente ya no es más aquel que con sus rodillas tocaba nerviosamente el timbre en las aperturas de sesiones del Concejo Deliberante. 
Por eso, 2012 también será recordado como el año de la confirmación de que el amayismo ya no es más parte del alperovichismo. Aunque convivan bajo las reglas de la Casa de Gobierno, en la capital ya se sienten excluidos del proyecto oficial. La pelea por la titularización de docentes municipales exasperó esa sensación de orfandad. El alfarismo -que actúa como una suerte de fuerza de choque del amayismo- lanzó al ruedo la iniciativa a sabiendas de que forzaría un encontronazo con el Poder Ejecutivo. Y lo consiguió. La presión de la Intendencia llegó hasta el desierto de Dubai, y Alperovich no lo toleró.
El lunes se reunieron a solas por unos 20 minutos. De uno y otro sector admiten que Alperovich levantó la voz y que le recriminó a Amaya "por haberle tirado los docentes en contra". Le reprochó, principalmente, haber declarado días antes a LA GACETA (el viernes 9) que a su vuelta, el gobernador avalaría la reivindicación de los maestros. También se descargó a los gritos contra el concejal Germán Alfaro y el dirigente docente Carlos Arnedo.
El gritoneo fue breve pero intenso. Amaya salió ese mediodía de Casa de Gobierno indignado y con la sensación de haber vivido un punto final. A los suyos pidió "ganar tiempo": un eufemismo para sugerir que aún no es momento de emanciparse del alperovichismo. Al otro día, se tomó un avión y partió, en soledad, a Buenos Aires.
Alperovich, acostumbrado a hacer lo que quiere, cuando quiere y porque quiere las cosas, festejó el ninguneo al intendente. Amaya se quedó con la certeza de que ya no tiene interlocutores con la Casa de Gobierno: el ministro Jorge Gassenbauer sólo le sonríe, el senador Sergio Mansilla no se involucra y el ministro del Interior, Osvaldo Jaldo, simpatiza con el quiebre.
Amaya, frente a los suyos, pide prudencia. Porque aunque cuente con los recursos para dejar atrás el yugo, el aparato diseñado por el alperovichismo -y que él avaló- lo encierra. Por ejemplo, aunque saliera del Pacto Social, los recursos del Fondo Soja -que deberían llegar a la capital- son administrados por la Provincia. Y sin esos recursos, nunca podrá soltarse de la enredadera oficial sin soportar padecimientos económicos. Y se sabe que sin plata, no hay política.

"¿A mí o a ella?"

La primera semana después del 8N encontró a Alperovich preocupado por saber cuáles de las consignas que se levantaron en la plaza Independencia lo tenían como destinatario. Algunos le endulzaron los oídos diciéndole que todo era un mensaje para Cristina. Muy pocos le advirtieron que los reclamos también lo involucraban. 
Entre tanta incertidumbre, el mandatario optó por bajarle la persiana al embarazoso 2012. "No quiere problemas", graficó un colaborador suyo. Así justificó la decisión de frenar la construcción de la planta transformadora de energía en barrio Sur, y el silencio en torno de la elección del vicepresidente que falta en la Legislatura, tras la licencia concedida a Armando "Cacho" Cortalezzi: el nuevo interventor de la Caja Popular de Ahorros que, para frenar a la revoltosa bancaria, no se le ocurrió mejor idea que llenar de "manzaneras" los pasillos de la entidad crediticia.
Aunque risueño por el ingenioso trabajo social que halló "Cacho" para algunas cooperativistas del plan Argentina Trabaja, al alperovichismo las dudas sobre el futuro lo carcomen. El gobernador dudó hasta la noche del jueves sobre la conveniencia de ir al mitin cristinista en Las Termas del Río Hondo. Al final ayer asistió para cuidar las formalidades, pero no son pocos los alperovichistas que repiten cada vez más seguido el nombre del gobernador bonaerense, Daniel Scioli, y despotrican contra La Cámpora. 
Esta semana, la organización de Máximo Kirchner se floreó por el interior tucumano ante el atento seguimiento del ministro Jaldo. Ignacio Lamothe, el joven camporista que le pusieron a Julio De Vido para armar vínculos con los intendentes por fuera de los gobernadores, llegó a Tucumán para lanzar un nuevo plan de obras. Alperovich no tuvo más remedio que sentar a su lado y frente a los 19 intendentes al legislador Jesús Salim, el hombre de La Cámpora en esta provincia.
Pero el gobernador no es un hombre generoso y no está dispuesto a que el famaillense se capitalice. El 29, día en que se deben presentar en el anfiteatro del Ministerio de Planificación Federal los proyectos del nuevo programa de obras para municipios y comunas, Alperovich presidirá una delegación que lleva como coordinador a Jaldo y como integrantes a los 19 intendentes y a los 93 delegados rurales. En otras palabras, quiere mostrar ante la Nación que tiene, irremediablemente, a la Provincia en un puño. Por supuesto, para agradecer el gesto de los viajeros, oficiará una cena multitudinaria en la Capital Federal.
La relación entre Alperovich y La Cámpora guarda similitudes a la que mantiene el gobernador con Amaya. Pero la diferencia es que con los jóvenes k está obligado a hacer concesiones. Por ejemplo, poner a trabajar a todo el aparato oficialista local en octubre próximo para la candidatura de un diputado camporista y, posiblemente, de la díscola Stella Maris Córdoba. Es decir, el alperovichismo montará una estructura para ganar tres de cuatro diputados pero, en realidad, sólo se quedaría con uno.
El gobernador quisiera arrancar las hojas del calendario y llegar directamente a las 18 del domingo en que se vote el año venidero. Recién ahí podría llegar a sentir, nuevamente, que el destino pasa por sus manos.